La paradoja de la elección

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06 agosto 2007

Los romanos fueron los primeros en obtener láminas de cristal para ventanas hacia 400 a.C., pero su clima mediterráneo, muy benigno, hizo de esta innovación una mera curiosidad. El vidrio se empleaba con finalidades más prácticas, sobre todo en joyería.

Después de la invención del soplado de cristal, hacia 50 a.C., fueron posibles cristales de ventana de más calidad, pero los romanos empleaban el vidrio soplado para copas de todas las formas y medidas, destinadas a las casas particulares y a los establecimientos públicos. Muchos de esos recipientes han sido exhumados en excavaciones realizadas en antiguas ciudades romanas.

Los romanos nunca fabricaron un vidrio laminado perfecto, por la sencilla razón de que no sintieron su necesidad. El descubrimiento tuvo lugar mucho más al Norte, en climas germánicos más fríos, al comienzo de la Edad Media. En el año 600 d.C., el centro europeo de la fabricación de ventanas radicaba a orillas del Rin. Se requería una gran habilidad y un largo aprendizaje para trabajar el vidrio. Tan apreciados eran sus exquisitos productos, que el orificio del horno a través del cual el artesano soplaba el vidrio, valiéndose de un largo tubo, recibía la denominación de “agujero de la gloria”.

Los vidrieros empleaban dos métodos para obtener cristales de ventana. En el método del cilindro, cuyos resultados eran inferiores, pero que se utilizaba más extensamente, el vidriero soplaba sílice fundida para formar una esfera, que después se sometía a un movimiento de vaivén a fin de alargarla y convertirla en un cilindro. A continuación, este cilindro era cortado longitudinalmente y aplanado hasta conseguir una lámina.

En el método de corona, una especialidad de los vidrieros normandos, el artesano también obtenía una esfera por soplado, pero le adhería una varilla de hierro macizo antes de retirar el tubo de soplar. Entonces se hacía girar con rapidez la esfera y, por la fuerza centrífuga, el agujero abierto al insertarse la varilla se expandía, hasta que la masa de cristal fundido se abría y adoptaba forma de disco. Estos vidrios eran más delgados que los obtenidos con el método del cilindro, y con ellos sólo se hacían cristales de ventana muy pequeños.

Durante la Edad Media, las grandes catedrales europeas, con sus soberbias vidrieras coloreadas, monopolizaron la mayor parte del vidrio laminado fabricado en el continente. Desde las iglesias, los cristales de ventana pasaron gradualmente a las casas de los más ricos, y más tarde su uso se generalizó. La lámina más grande de vidrio de cilindro que en aquel entonces podía conseguirse tenía una anchura aproximada de 1.20 metros, lo cual limitaba el tamaño de las ventanas de un solo cristal. Los avances en esta técnica durante el siglo XVII permitieron obtener cristales que medían casi 4 metros por algo más de 2.

En 1687, el vidriero francés Bernard Perrot, de Orleans, patentó un método para cilindrar planchas de vidrio. Se vertía vidrio en fusión sobre una gran mesa de hierro y se extendía con un pesado rodillo metálico. Este método produjo las primeras grandes láminas de vidrio con un coeficiente de deformación aceptable, propias para fabricar espejos de cuerpo entero.

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